El silencio que enferma: desafíos de la salud mental de la mujer en México
SOMOS NUESTRA MEMORIA
Por Boris González Ceja
Hay un dolor que no sangra. No deja moretones visibles ni cicatrices que el ojo ajeno pueda detectar. Es un dolor que muchas mujeres cargan en silencio, entre una carga de ropa y la siguiente junta de trabajo, entre el “estás exagerando” y el “ya te va a pasar”. Ese dolor tiene nombre: depresión. Tiene compañero: ansiedad. Y tiene un enorme problema en México: seguimos sin tomarlo en serio y sin soluciones institucionales.
En este 8 de marzo, día internacional de la mujer, mientras marchamos por las calles y pintamos consignas en las paredes, conviene detenernos también frente a una realidad que ocurre en los cuartos cerrados, en los hospitales públicos saturados sin medicamentos, en los consultorios de psicología que citan a las pacientes cada quince días como si el alma tuviera calendario de quincena. La salud mental de las mujeres en México es una crisis silenciosa — y el silencio, aquí, no es inocente.
Un andamiaje que carga con todo.
Para entender la depresión y la ansiedad en las mujeres, hay que entender primero qué se le pide a una mujer en México. Se le pide que sea madre ejemplar, trabajadora productiva, hija obediente, pareja incondicional y ama de casa impecable. Se le pide que no llore en público, que no esté de mal humor, que no tome espacio. Y cuando todo ese peso acumulado la derrumba, entonces se le diagnostica como “sensible” o “neurasténica”.
La depresión y la ansiedad en las mujeres no son debilidades individuales: son respuestas comprensibles ante condiciones insostenibles. Son el resultado de miedo crónico, de inseguridad tanto económica como emocional, de problemas de autoimagen alimentados por una cultura que las juzga desde la infancia y las sepulta en el matrimonio, y de un enojo sano que no encuentra canales de expresión. Cuando todo eso se mezcla, el coctel resultante no solo las lastima a ellas: impacta a sus hijos, sus vínculos y su entorno más cercano.
¿Qué hace falta para sanar?
La respuesta no es cómoda, pero es clara: tratamiento profesional serio, constante y accesible. No alcanza con que una psicóloga cite a su paciente cada mes como si estuviera revisando un automóvil. La mente no funciona en talleres mensuales. Se requiere, como mínimo, una sesión semanal para construir un proceso terapéutico real: uno que permita rastrear el origen del malestar, desmantelar los patrones que lo sostienen y ofrecer herramientas concretas para vivir de otra manera.
Los tres grandes enfoques psicológicos —psicoanalítico, cognitivo-conductual y humanista— pueden lograr resultados notables cuando los aplica un profesional competente, experimentado y comprometido. No se trata de elegir uno como si fuera una marca de cereal: se trata de encontrar al terapeuta que sepa leer a esa mujer específica, con su historia concreta, realizar un diagnóstico certero, y acompañarla con rigor y calidez.
La farmacoterapia puede ser un apoyo válido en ciertos casos, pero nunca debería ser el primer recurso ni el único: sus efectos secundarios son reales, su costo es elevado y en muchas ciudades del país simplemente no existen especialistas capacitados para recetar con responsabilidad y con la seriación que requieren estos casos.
El sistema también enferma
No se puede hablar de salud mental femenina sin hablar del sistema que debería protegerla. Los procesos institucionales en México están plagados de burocracia, listas de espera interminables y, en demasiadas ocasiones, de corrupción que desvía recursos que jamás llegan a las mujeres que más los necesitan. Las que menos tienen son las que más padecen y las que menos acceso tienen a una atención digna.
Y si, en México las personas no mueren por la enfermedad, mueren por la pobreza. Esa desigualdad estructural no es un dato frío: es una decisión política que se repite cada presupuesto, cada año, entre chistes tontos de sus autoridades que se roban el dinero.
Cada 8 de marzo recordamos que la lucha por los derechos de las mujeres es amplia y urgente. Pero hay batallas que se libran en silencio, dentro de cuerpos que no aguantan más, dentro de mentes que no encuentran salida. Tomar en serio la salud mental de las mujeres es también una forma de feminismo: es reconocer que su bienestar importa, que su dolor merece atención real, y que ninguna mujer debería tener que cargar sola con el peso de un mundo que todavía no sabe cómo tratarla.
“La mujer es Eva. Todo sucede por primera vez.”
Boris González Ceja
Psicólogo clínico • Columnista de Somos Nuestra Memoria
facebook.com/psicologoclinicomexico
Las opiniones vertidas en este espacio, son responsabilidad únicamente de quien lo firma, y no corresponde en ningun sentido, a la política editorial de moreliamix.com
Por Boris González Ceja
Hay un dolor que no sangra. No deja moretones visibles ni cicatrices que el ojo ajeno pueda detectar. Es un dolor que muchas mujeres cargan en silencio, entre una carga de ropa y la siguiente junta de trabajo, entre el “estás exagerando” y el “ya te va a pasar”. Ese dolor tiene nombre: depresión. Tiene compañero: ansiedad. Y tiene un enorme problema en México: seguimos sin tomarlo en serio y sin soluciones institucionales.
En este 8 de marzo, día internacional de la mujer, mientras marchamos por las calles y pintamos consignas en las paredes, conviene detenernos también frente a una realidad que ocurre en los cuartos cerrados, en los hospitales públicos saturados sin medicamentos, en los consultorios de psicología que citan a las pacientes cada quince días como si el alma tuviera calendario de quincena. La salud mental de las mujeres en México es una crisis silenciosa — y el silencio, aquí, no es inocente.
Un andamiaje que carga con todo.
Para entender la depresión y la ansiedad en las mujeres, hay que entender primero qué se le pide a una mujer en México. Se le pide que sea madre ejemplar, trabajadora productiva, hija obediente, pareja incondicional y ama de casa impecable. Se le pide que no llore en público, que no esté de mal humor, que no tome espacio. Y cuando todo ese peso acumulado la derrumba, entonces se le diagnostica como “sensible” o “neurasténica”.
La depresión y la ansiedad en las mujeres no son debilidades individuales: son respuestas comprensibles ante condiciones insostenibles. Son el resultado de miedo crónico, de inseguridad tanto económica como emocional, de problemas de autoimagen alimentados por una cultura que las juzga desde la infancia y las sepulta en el matrimonio, y de un enojo sano que no encuentra canales de expresión. Cuando todo eso se mezcla, el coctel resultante no solo las lastima a ellas: impacta a sus hijos, sus vínculos y su entorno más cercano.
¿Qué hace falta para sanar?
La respuesta no es cómoda, pero es clara: tratamiento profesional serio, constante y accesible. No alcanza con que una psicóloga cite a su paciente cada mes como si estuviera revisando un automóvil. La mente no funciona en talleres mensuales. Se requiere, como mínimo, una sesión semanal para construir un proceso terapéutico real: uno que permita rastrear el origen del malestar, desmantelar los patrones que lo sostienen y ofrecer herramientas concretas para vivir de otra manera.
Los tres grandes enfoques psicológicos —psicoanalítico, cognitivo-conductual y humanista— pueden lograr resultados notables cuando los aplica un profesional competente, experimentado y comprometido. No se trata de elegir uno como si fuera una marca de cereal: se trata de encontrar al terapeuta que sepa leer a esa mujer específica, con su historia concreta, realizar un diagnóstico certero, y acompañarla con rigor y calidez.
La farmacoterapia puede ser un apoyo válido en ciertos casos, pero nunca debería ser el primer recurso ni el único: sus efectos secundarios son reales, su costo es elevado y en muchas ciudades del país simplemente no existen especialistas capacitados para recetar con responsabilidad y con la seriación que requieren estos casos.
El sistema también enferma
No se puede hablar de salud mental femenina sin hablar del sistema que debería protegerla. Los procesos institucionales en México están plagados de burocracia, listas de espera interminables y, en demasiadas ocasiones, de corrupción que desvía recursos que jamás llegan a las mujeres que más los necesitan. Las que menos tienen son las que más padecen y las que menos acceso tienen a una atención digna.
Y si, en México las personas no mueren por la enfermedad, mueren por la pobreza. Esa desigualdad estructural no es un dato frío: es una decisión política que se repite cada presupuesto, cada año, entre chistes tontos de sus autoridades que se roban el dinero.
Cada 8 de marzo recordamos que la lucha por los derechos de las mujeres es amplia y urgente. Pero hay batallas que se libran en silencio, dentro de cuerpos que no aguantan más, dentro de mentes que no encuentran salida. Tomar en serio la salud mental de las mujeres es también una forma de feminismo: es reconocer que su bienestar importa, que su dolor merece atención real, y que ninguna mujer debería tener que cargar sola con el peso de un mundo que todavía no sabe cómo tratarla.
“La mujer es Eva. Todo sucede por primera vez.”
Boris González Ceja
Psicólogo clínico • Columnista de Somos Nuestra Memoria
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Las opiniones vertidas en este espacio, son responsabilidad únicamente de quien lo firma, y no corresponde en ningun sentido, a la política editorial de moreliamix.com







































