Domingo, 01 de Noviembre de 2026

Morelia, Mich

Día de Todos los Santos: la fiesta donde México abre la puerta a sus muertos

Día de Todos los Santos: la fiesta donde México abre la puerta a sus muertos
Fernando Alvarez del Castillo

Morelia, Michoacán, 1 de noviembre de 2026.- Hoy, a las doce del día, en miles de hogares mexicanos alguien enciende una veladora y acomoda un vaso de leche, un juguete de madera y un dulce de calabaza frente a la foto de un niño. Es el Día de Todos los Santos, la jornada en que, según la tradición, regresan las almas de los "angelitos" para visitar a sus familias, antes de que mañana, 2 de noviembre, lleguen los difuntos adultos.

Detrás de ese gesto doméstico hay más de quinientos años de historia: una fiesta que nació del encuentro, a veces violento y a veces silencioso, entre los ritos mortuorios de los pueblos mesoamericanos y el calendario litúrgico que trajeron los frailes españoles.

Las raíces: cuando los muertos se festejaban en verano

Mucho antes de la Conquista, los pueblos de Mesoamérica ya dedicaban fiestas a sus muertos. Para los mexicas, la muerte no era un final, sino un tránsito: el destino del alma dependía de cómo había muerto la persona, no de cómo había vivido. Quienes morían de forma común emprendían un viaje de cuatro años hacia el Mictlán, el inframundo gobernado por Mictlantecuhtli y su compañera Mictecacíhuatl, la "Señora de los muertos".

El calendario mexica reservaba dos meses de veinte días a los difuntos, según las crónicas de fray Bernardino de Sahagún y fray Diego Durán:

• Miccailhuitontli, la "pequeña fiesta de los muertos", dedicada a los niños.
• Hueymiccailhuitl, la "gran fiesta de los muertos", dedicada a los adultos.

Ambas caían aproximadamente entre finales de julio y agosto, en plena temporada de lluvias y cosecha. En ellas se ofrecían alimentos, flores, copal y figuras de masa de maíz y amaranto. De ese mundo vienen elementos que hoy siguen en las ofrendas: la flor de cempasúchil (del náhuatl cempōhualxōchitl, "veinte flores"), cuyo color y aroma guían a las almas; el copal, que purifica el espacio; y la costumbre de alimentar a los muertos como si siguieran siendo parte de la familia.

No fue solo una práctica mexica: purépechas, zapotecos, mayas, totonacos y otros pueblos tenían sus propios ritos para honrar a los ancestros, y muchos sobreviven hoy con nombres y formas locales.

La influencia europea: santos, ánimas y el calendario católico

La otra raíz llegó por barco. En la Europa cristiana, la Iglesia había ido fijando dos fechas para recordar a los muertos:

• Todos los Santos (1 de noviembre). En el año 609 o 610, el papa Bonifacio IV consagró el Panteón de Roma a la Virgen y a todos los mártires. Más tarde, en el siglo VIII, Gregorio III dedicó una capilla a todos los santos el 1 de noviembre, y en 835 Gregorio IV extendió esa fecha a toda la Iglesia.
• Fieles Difuntos (2 de noviembre). Hacia el año 998, san Odilón, abad del monasterio de Cluny, en Francia, instituyó una jornada de oración por todas las almas del purgatorio. La costumbre se expandió por Europa en los siglos siguientes.
En la España medieval, estas fechas se vivían con misas, toques de campanas, visitas al cementerio, velas encendidas por las "ánimas" y panes ofrecidos a los difuntos o repartidos entre los pobres. Muchas de esas prácticas cruzaron el Atlántico con los conquistadores y los frailes franciscanos, dominicos y agustinos.

El encuentro: de dos fiestas nació una sola

Los evangelizadores intentaron erradicar los ritos indígenas, pero encontraron un terreno común: ambas culturas creían que los muertos seguían presentes y que los vivos podían hacer algo por ellos. La fiesta de verano se desplazó hacia las fechas católicas de noviembre, que además coincidían con el fin de la cosecha del maíz.

El resultado fue un sincretismo que conservó la estructura mesoamericana; dos momentos, uno para los niños y otro para los adultos, dentro del calendario cristiano: el 1 de noviembre, Todos los Santos, quedó para los angelitos, y el 2, Fieles Difuntos, para los mayores. Junto al cempasúchil y el copal aparecieron la cruz, las veladoras, las imágenes de santos y el pan de trigo, antecedente del actual pan de muerto.

En el siglo XIX la fiesta ganó un tono satírico. Los periódicos publicaban "calaveras", versos burlones sobre personajes vivos. A inicios del siglo XX, el grabador José Guadalupe Posada creó la Calavera Garbancera, una crítica a quienes renegaban de sus raíces indígenas para aparentar ser europeos. Décadas después, Diego Rivera la vistió con elegancia en su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central (1947) y la bautizó como la Catrina, hoy el rostro más reconocible de la celebración.
Las tradiciones: la ofrenda, los angelitos y las velas en el lago.

¿Que lleva una ofrenda en México?

El elemento principal es el Cempasúchil, y aquí en Michoacán lo tenemos en corto. Los municipios de Tarímbaro y Copándaron son productores de esta flor caracteríostica para estas fechas.

El Copal lo consigues en los mercados, y es un aroma característico en los templos, iglesias, y en los hogares que lo acostumbran, se dice que con ese aroma, los difuntos se guían por su aroma, o les marca el camino.

Las Veladoras, al igual que el Copal, además de ser una guía, se dice que las velas iluminan el camino de ida y vuelta de nuestros familiares fallecidos. Sin duda la luz que provoca el mechón y la cera, le da una escencia exquisita de recuerdo, de paz, y sobriedad.

Pan de muerto. Si bien está comprobado que tiene influencias europeas, en México; con ayuda de la iglesia, se adaptó a las costumbres y necesidades de los pueblos indigenas, y para los paladares citadinos. Su característico sabos a Naranja, con huesitos, le da un toque único.

Papel picado. Esta costumbre del papel se remonta casi al mismo tiempo de la creación de los altares. La versión más sonada es que solamente es para adornar el escenario donde se presentan las ofrendas.

Calaveritas de azúcar. Técnica traída de Europa, su significado es todavía más simple: La muerte vista con dulzura y humor.

La fotografía y comida favorita de nuestros difuntos: Se dice que es una manera de recordar a esas personas que ya no están en esta vida con los alimentos que más disfrutaban, que consumían más seguido, y con la cual, erán más felices.

El 1 de noviembre, las ofrendas para los angelitos llevan juguetes, dulces, leche, flores blancas y veladoras pequeñas. En muchas regiones se cree que los niños llegan desde el mediodía del 31 de octubre y se despiden al mediodía del 1, cuando el repique de campanas anuncia la llegada de los adultos. En algunos pueblos también se recuerda, desde el 28 de octubre, a quienes murieron de forma violenta o accidental.

Las formas cambian de región en región. En Michoacán, la Noche de Muertos en Janitzio, Pátzcuaro y Tzintzuntzan es una de las más conocidas: las familias purépechas velan en los panteones entre flores y velas, y las canoas cruzan el lago iluminadas. En Oaxaca destacan los arcos de flores y el pan de yema; en Mixquic, en la Ciudad de México, la alumbrada del panteón; en la Huasteca se celebra el Xantolo, con danzas y comparsas. Desde 2016, la capital también organiza un gran desfile de Día de Muertos.

Patrimonio de la humanidad

En 2003 la UNESCO proclamó las fiestas indígenas dedicadas a los muertos en México como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, y en 2008 las inscribió en su Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial. El organismo destacó su carácter comunitario y su papel en la identidad de los pueblos originarios.

Al caer la tarde, en los panteones de Michoacán y de todo el país empezarán a encenderse las primeras velas. Las familias limpiarán tumbas, tejerán arcos de flores y esperarán a los suyos. Cinco siglos después del encuentro entre el Mictlán y el purgatorio, la fiesta sigue diciendo lo mismo: en México, los muertos no se olvidan, se visitan.