Sábado, 10 de Octubre de 2026

Morelia, Mich

Joy, la película que te hará creer de nuevo en la humanidad

Joy, la película que te hará creer de nuevo en la humanidad
Fernando Alvarez del Castillo

Hay historias que merecen contarse porque cambiaron el mundo, y otras porque nos recuerdan de qué está hecho el coraje. Joy (2024), dirigida por Ben Taylor y escrita por Jack Thorne, Rachel Mason y Emma Gordon, es ambas cosas a la vez: el relato de cómo nació Louise Joy Brown, el primer «bebé probeta» del mundo, y un emotivo homenaje a tres personas que se atrevieron a soñar cuando todos les pedían que se detuvieran.

En la Inglaterra de finales de los sesenta, un científico de Cambridge, Robert Edwards (James Norton), está convencido de que la infertilidad puede vencerse. Para lograrlo necesita a un cirujano capaz de ir más allá de lo establecido, y lo encuentra en Patrick Steptoe (Bill Nighy), un ginecólogo de Oldham tan brillante como tenaz. Entre ambos aparece Jean Purdy (Thomasin McKenzie), una joven enfermera que pasará de asistente a pieza indispensable del proyecto y, sobre todo, a su alma.

La película tiene el acierto de contar la historia desde la mirada de Jean, cuyo papel fue injustamente olvidado durante décadas. Al darle el protagonismo, Joy no solo hace justicia histórica: encuentra su corazón. Jean es una mujer de fe que elige seguir adelante aunque eso le cueste el rechazo de su iglesia, de su comunidad e incluso de su propia madre. Su viaje es el de alguien que descubre que la ciencia y la esperanza pueden caminar de la mano.

Durante diez años, el equipo enfrenta una oposición formidable: la Iglesia los acusa de jugar a ser Dios, el Estado les cierra las puertas, la prensa los presenta como científicos locos y sus propios colegas médicos los desprecian. Cada obstáculo podría haber sido el definitivo, y la película consigue que el espectador sienta el peso de cada rechazo y la fuerza de cada nuevo intento.

Pero Joy no es una historia de enemigos, sino de perseverancia. Lo que emociona no es la confrontación, sino la terquedad luminosa de quienes se niegan a rendirse porque saben que, del otro lado, hay miles de familias esperando una oportunidad.

Uno de los aspectos más bellos de la cinta es el lugar que otorga a las mujeres que se ofrecieron como voluntarias para los ensayos. Muchas sabían que probablemente no serían ellas quienes llegarían a ser madres, y aun así participaron para que otras pudieran lograrlo. Sus rostros, su complicidad y su generosidad dan a la película algunos de sus momentos más conmovedores, y recuerdan que los grandes avances nunca son obra de una sola persona.

Thomasin McKenzie entrega una interpretación delicada y poderosa: su Jean crece ante nuestros ojos, de la timidez a la determinación, sin necesidad de grandes discursos. James Norton dota a Edwards de una energía contagiosa, la de un visionario que no conoce la palabra imposible. Y Bill Nighy es, sencillamente, un regalo: con su humor seco y su ternura contenida, convierte a Steptoe en un personaje entrañable al que es imposible no querer. Juntos forman un equipo cuya química traspasa la pantalla.

Ben Taylor dirige con elegancia y sensibilidad, recreando con detalle la Inglaterra de los setenta y dejando que la emoción fluya sin prisas. Cuando por fin llega el momento que da título a la película, el espectador comprende que cada fracaso, cada sacrificio y cada noche en vela valieron la pena. Es difícil no conmoverse al pensar que, desde aquel 25 de julio de 1978, millones de personas han nacido gracias a lo que este pequeño equipo se atrevió a intentar.

Joy es una película luminosa, humana y profundamente inspiradora. Celebra la ciencia, pero sobre todo celebra a las personas que la hacen posible: su fe, su terquedad y su amor por los demás. Una historia que reconcilia con la idea de que el progreso nace de la esperanza, y que devuelve a Jean Purdy el lugar que siempre mereció. Imprescindible.